Calendario Eventos

lunes, 12 de abril de 2010

LA PERCEPCIÓN



Percibir objetos en el mundo no es algo tan sencillo como parece, sino que es un proceso mental extremadamente complicado.

1. LA PERCEPCIÓN ES UN PROCESO BIPOLAR

Espontáneamente pensamos que al percibir algo —este libro, esta mesa, este ruido que llega de la calle— somos totalmente pasivos y receptivos. Pensamos, quizá, que las cosas emiten «copias» suyas a través del espacio, que son recibidas por nuestros órganos sensoriales: así conocemos el mundo tal cual es (esta explicación —que es la más natural—fue dada por algunos filósofos presocráticos, los llamados «atomistas»). Nada más falso: las cosas no emiten «copias» y nosotros no somos pasivos receptores de las mismas. Decía William James: «Parte de lo que percibimos proviene, a través de los sentidos, del objeto que tenemos delante; otra parte procede siempre de nuestra propia mente». Es decir, la percepción es un proceso bipolar que depende, en parte, de las características de los estímulos que activan los órganos de los sentidos y, por otra parte, de la actividad del sujeto perceptor. Y este último, además, utiliza «esquemas» perceptivos y está determinado, al percibir, por su aprendizaje, sus experiencias, motivaciones, expectativas, aptitudes, personalidad, etc. Por ello mismo, no somos puros «espectadores» pasivos cuando percibimos: la percepción es un fenómeno activo en el que interviene toda la persona, aunque no nos demos cuenta de ello.
Las teorías de la percepción —como veremos más adelante— han dado mayor o menor importancia a cada uno de los dos polos —objetivo y subjetivo— de la percepción. La psicología cognitiva utiliza un «modelo» explicativo muy aclaratorio: la mente es como un ordenador. El que escribe envía una información en forma de impulsos eléctricos a través del teclado; el ordenador interpreta esa información y la procesa mediante el programa que está activado. Aunque la mente humana no sea exactamente un ordenador, todo parece suceder de la misma manera.



La información que recibimos del mundo son estímulos (o «estimulaciones») de carácter físico. La respuesta del organismo son las sensaciones o impresiones sensoriales, que son elementos muy simples que se incluyen en la percepción y que sólo analizando esta última pueden ser aisladas. El hecho primitivo e inmediato para nosotros es la percepción. Las sensaciones son la respuesta del organismo a los estímulos exteriores. Pero en realidad no hay estímulos elementales, sino que se encuentran organizados de acuerdo con la realidad que representan. Por eso hay que hablar más bien de «cosas-estímulo» y «respuesta-percepción».
«Físicamente, las estimulaciones que desencadenan la actividad de los sentidos no son, claro es, sino formas de energía que inciden sobre ellos —sobre la retina, el tímpano o la pituitaria—, pero que en sí mismas son psicológicamente «mudas», por decirlo de alguna manera. Esto es, ni las vibraciones del aire son sonoras ni las ondas electromagnéticas tienen color alguno. El sonido o el color son cualidades que surgieron o cobraron realidad tan sólo cuando unos impulsos nerviosos suscitados por la estimulación del tímpano o la retina alcanzaron las correspondientes zonas de proyección de una corteza cerebral sana y con el tono vital necesario para que en el sujeto
existieran procesos de conciencia.» (J. L. PINILLOS, La mente humana. Madrid, Salvat, 1969, pp. 65-67.)

2. LA PERCEPCIÓN ES UN PROCESO DE INFORMACIÓN-ADAPTACION



La percepción posee un papel esencial en nuestra existencia. Nos facilita información sobre el mundo, posibilitando así nuestra adaptación al medio en que vivimos. Puede decirse, pues, que la percepción existe en función de la vida y la acción.

Cada animal percibe en su medio especialmente aquello que le permite sobrevivir, lo cual demuestra el carácter adaptativo de la percepción. Si el hombre posee una riqueza perceptiva tan grande es porque es el más desvalido de todos los animales y necesita utilizar más medios que ningún otro. Como dice el antropólogo A. GEHLEN, el hombre compensa sus carencias de adaptación al ambiente (cualquier animal está perfectamente adaptado a vivir en un medio ambiente determinado, y el hombre parece no estar adaptado a ninguno) por medio de la acción. Cuando el hombre—que tiene postura erecta y gira la cabeza contemplando cuanto le rodea— mira en torno suyo, lo que percibe son objetos en los que «se insinúan» múltiples utilizaciones y posibilidades de instrumentalización. Así, por ejemplo, al llegar a un nuevo sitio —un barrio, una casa, un lugar de trabajo, un paraje donde acampar...— nuestra mirada se hace
«circunspecta»: inspeccionamos «en torno nuestro» para situarnos, reconocer los instrumentos «a la mano», adivinar los caminos, etc. Nos cargamos de percepciones, las guardamos en la memoria (con lo cual nos «descargamos» momentáneamente de ellas) y allí las tenemos como «disponibles» para cuando nos hagan falta. Por eso nos preguntamos con tanta frecuencia: «¿Dónde vi algo que podía valer para esto?». Si no media el olvido, recurrimos casi automáticamente a la utilización de todo cuanto hemos encomendado a la memoria y a los hábitos adquiridos. El mundo es nuestro —de la humanidad— porque al percibirlo lo ponemos ya a nuestra disposición.

Los fenómenos de constancia perceptiva revelan la función adaptativa de nuestras percepciones. En realidad, los estímulos que recibimos de las cosas varían continuamente: cambios de iluminación y color, disminución o aumento de los tamaños por las distancias, variación de las formas por la perspectiva, etc. Si lo que percibimos variase igualmente, sería muy difícil reconocer los objetos y, por tanto, sobrevivir. Cuando oscurece, los objetos mantienen su color para nosotros, aunque los estímulos que de ellos recibimos hayan variado notablemente; percibimos un reloj como redondo aun desde una perspectiva que lo hace aparecer ovalado; cuando alguien se aleja de nosotros, su tamaño disminuye mucho menos de lo que debería. Todo ello se debe al fenómeno de constancia perceptiva, que se basa en «mecanismos integrativos profundamente impresos en el sistema nervioso como legado de la evolución» (J. L. Pinillos).

3. LA PERCEPCIÓN ES UN PROCESO DE SELECCIÓN


La función adaptativa de la percepción explica su carácter selectivo: un animal percibe únicamente lo que interesa a su supervivencia. Más adelante daremos cuenta de un caso —el de la garrapata— verdaderamente extremo. Tomados por separado, la mayoría de los animales poseen órganos receptivos más finos que el hombre (el murciélago oye lo que el hombre no puede oír; el perro —Flush, por ejemplo— tiene un olfato más desarrollado; el lince tiene, ¡naturalmente!, vista de lince, etc.). Sin embargo, el mundo del hombre es mucho más rico que el de cualquier animal particular: sólo el hombre tiene —en el sentido «fuerte» del término— «mundo».

Sólo percibimos, sin embargo, 1/70 del espectro electromagnético (entre los 390 y los 700 milimlcrones, aproximadamente).
Además, no solamente no podemos percibir sino una mínima parte de los posibles estímulos: aun los que nos llegan son demasiados y tenemos que seleccionar entre ellos. El cerebro no puede procesar toda la información que recibe. Al sistema nervioso central llega la información de unos 260 millones de células visuales, 48.000 células auditivas, y más de 78.000 células receptoras para los otros sentidos. Para poder procesar solamente la información recibida por los dos ojos, el cerebro humano debería tener un tamaño desmesurado (¡quizá nada menos que un año de luz cúbico!). ¿Por qué percibimos unas cosas y no otras? La percepción es selectiva. Y la selección se realiza mediante lo que llamamos «atención».

La atención es justamente un mecanismo de selección activa de la información recibida, y también un mecanismo de alerta. Su importancia se basa en el hecho de que la información que recibimos es normalmente excesiva y, en cambío, los recursos del individuo son limitados. Así, la atención permite dirigir los recursos mentales, concentrándolos en una sola tarea o repartiéndolos entre dos o más. Una tarea complicada requerirá la concentración de todos los recursos sobre ella sola. Por ejemplo, se puede ir paseando con un amigo y, al mismo tiempo, hablando; pero si se le pide que responda a una pregunta complicada, seguramente se parará. Y si el lector de esta página quiere entenderla bien, probablemente tendrá que apagar la radio...
Hacia los años cincuenta, Broadbent propuso el primer modelo de filtro de la atención, presuponiendo que la conciencia actúa como un «filtro» previo que impide que lleguen los mensajes no deseados y dejando pasar únicamente los deseados. El modelo fue más tarde modificado, introduciéndose un mecanismo previo de análisis de los mensajes. Pero, finalmente, el modelo fue abandonado por superfluo. No hace falta tal filtro: cuando un sujeto atiende a un mensaje, elabora un esquema anticipatorío que guía la entrada de información. Por ejemplo, cuando buscamos un bolígrafo en una mesa llena de objetos, lo encontramos casi inmediatamente: nuestro esquema de lo que es un bolígrafo permite una rápida selección de la información. Pero pudiera suceder que la expectativa dificultara la búsqueda y que no se vea lo que se tiene ante las propias narices; por ejemplo, cuando el esquema de búsqueda presupone que el bolígrafo «tendría que estar en esta esquina», o cuando busco un bolígrafo de forma y color distinto del que realmente está allí.
Los factores que determinan la atención son muy numerosos:
• Algunos afectan a la información misma: un objeto llama más o menos la atención según sea la posición del estímulo respecto al observador (¿en qué parte de la página de un periódico colocaría un anuncio para que se viera más?); igualmente respecto a la intensidad (absoluta y relativa), tamaño, color, luminosidad; movimiento y cambios; novedad, etc.
• Otros afectan al sujeto: fundamentalmente, el interés (determinado por las necesidades del momento, motivaciones personales, impulsos básicos, gustos y ocupaciones profesionales, etc.): todo el mundo sabe que para llamar la atención de los demás basta tratar ciertos temas muy determinados. Por el contrario, se puede dar el fenómeno de defensa perceptiva para estímulos desagradables (no oímos lo que no queremos oír, mientras que nuestro oído se aguza extraordinariamente para lo que nos interesa).

ESQUEMAS PERCEPTIVOS

Volvamos a la metáfora del ordenador. Todo el mundo sabe que si el ordenador no posee un «programa» (por ejemplo, de procesamiento de textos), no sabe hacer nada con la información que se le introduce mediante el teclado. Algo así sucede con la mente: necesitamos esquemas cognitivos para poder interpretar la información que nos envía el mundo. Mediante estos esquemas nosotros «construimos» el mundo de nuestra percepción. Por eso, las teorías cognitivas que han desarrollado esta cuestión reciben el nombre de constructivismo.

El concepto de esquema fue desarrollado Independientemente por PIAGET (1926) y BARTLETT (1932), y retomado a partir de 1975 por los investigadores en Inteligencia Artificial. Estos últimos observaron que no bastaba con dotar a los programas de IA de destrezas sintácticas y de un léxico: necesitaban algún tipo de «conocimiento del mundo», de tal modo que el programa podía «comprender» sólo mediante un producto construido a partir de la Información recibida y el conocimiento previo.
En general se puede decir que un esquema es un conjunto organizado de conocimientos en el que se Integran las nuevas experiencias y conocimientos, de tal modo que adquieran significación. Un esquema suele Incluir unidades más pequeñas (ejemplo: el esquema «estudiar» incluye objetos, como libros, papel; acciones, como leer, subrayar, resumir; metas...). Los esquemas se obtienen por la experiencia y se actualizan en el momento adecuado (por ejemplo, cuando uno piensa: «¡Voy a estudiar!»), adaptándose y modificándose según las circunstancias, y pudiendo conectarse con otros esquemas (por ejemplo, para estudiar en grupo se combinan los esquemas de «estudiar» y «colaborar con un grupo»). Porque hay diversidad de esquemas: visuales (marcos, como, por ejemplo, el de «una cocina»), situacionales (guiones —Inglés ser/bis—, como el de «comprar en una tienda»), sociales (como «asistir a una fiesta»), de autoconcepto (o «esquema personal»), etc. Si se carece del esquema adecuado, uno no sabe qué hacer (está «como un pulpo en un garaje»), no entiende nada («¡Esto me rompe los esquemas!») o emplea un esquema equivocado («no sabe estar» y «mete la pata»).

Veamos cómo funcionan los esquemas en la percepción visual. Si se nos invita a visitar una casa, se activan los esquemas visuales —llamados marcos (inglés frames) — de «habitación», «cuarto de baño», «dormitorio»..., que generan expectativas (sabemos qué vamos a ver al abrir la puerta del baño) y facilitan la información necesaria para interpretar lo que vemos y suplir lo que no vemos (sabemos lo que hay detrás de una cortina de plástico). No necesitamos que se nos explique nada (caso contrario si visitamos una central nuclear o un templo egipcio). Buñuel jugó ingeniosamente en El discreto encanto de la burguesía alterando los marcos y los guiones (se come privadamente en una especie de WC, y lo que se haría en éste se realiza sentados en torno a una mesa).

Neisser indica que los esquemas se encargan de dirigir la exploración perceptiva del medio en el que se encuentra la información potencial, la cual, a su vez, puede determinar una modificación del esquema. Tal sería el caso de quien fuera invitado a la casa del filme de Buñuel. Es decir, que el proceso perceptivo tiene una carácter circular (ver la figura del margen).
Es evidente que los esquemas se aprenden, y que se mejoran con la experiencia. Además, cada esquema lleva su «etiqueta», es decir, puede y suele ser representado con una palabra, o un conjunto de palabras. Si cuando nos enseñan la casa, antes de abrir una puerta nos dicen: «La cocina», se activa el esquema «cocina», que nos adelanta lo que esperamos ver. Esto es muy importante: percibir supone otorgar significado a un objeto, y ello se realiza justamente cuando un objeto es reconocido mediante un esquema y designado con una palabra. La palabra es parte esencial de la percepción, lo cual muestra hasta qué punto la percepción es un acto humano que contiene mucho más que las sensaciones.

2 comentarios:

  1. muy bueno, me encanta lo ameno del texto sin q esto signifique dsiminución de su riqueza, muchas gracias!

    ResponderEliminar
  2. Dos acotaciones:
    1) Queda inconclusa la siguiente indicación, pues nunca llega el esperado ejemplo de la garrapata (lo busqué aparte y está muy bueno)
    "Más adelante daremos cuenta de un caso —el de la garrapata— verdaderamente extremo"
    2) No se ve la figura aludida:
    "Es decir, que el proceso perceptivo tiene una carácter circular (ver la figura del margen)"

    Aporte con el fin de enriquecer, muy agradecida nuevamente :-)
    Muchas gracias!

    ResponderEliminar